martes, 21 de agosto de 2012

Tropecé


Tropecé.
Por casualidad. 
O no.
Tropecé con algo sorprendente.
Tropecé con unas palabras ajenas.
O no.
Palabras. Palabras escritas. Palabras viejas. Palabras conocidas. Palabras mías. Pero no eran las mías, pero sí. No las escribí yo, pero hubiese podido. Perfectamente hubiese podido.
Las leo y me reconfortan como si se tratase de mi escrito. Como si hubiesen salido de mis dedos. Mías pero no.

Reconozco la sensación. La he tenido antes. La he pintado antes. Esta ajenitud. Esta desprensión. La he tocado antes con las manos calientes llenas de pintura y la máscara al cuello devolviéndome mi aliento. Reconozco la sensación. Pero esta vez no la he pintado yo. Y aún así es mía.

Y leo eso que yo dije una vez. O escribí una vez. O borré una vez. O callé una vez. O mil. O no.
Leo escrito aquello que no supe plasmar pero que estaba dentro. Palabras ideas conceptos sensaciones que siguen ahí metidos porque no los he sabido sacar. Bueno ya no. Ahora están aquí, en las palabras de otro. En los dedos de otro. En la pared de otro.

Y me sorprende calentito. Como té dulce con leche.

Tropecé.
Tropecé con una persona ajena.
O no.

jueves, 2 de agosto de 2012

El instagrammer y el ascensor


El fotógrafo es una especie que me fascina. Me gusta mirarles, verles trabajar. Me gusta cómo tratan a sus cámaras y a sus imágenes. Me gusta ver lo que corre en desbandada por sus cabezas cuando ven aquello que los demás no vemos.
Yo siempre curiosa de la realidad desde lo ajeno, los fotógrafos me invitan a meterme en sus ojos y a correr yo también con lo que les emana desde la cabeza, cuello abajo, doblando los hombros, resbalando por los brazos hasta las muñecas, las palmas y dorsos, los dedos, las puntas de los dedos… no respires… clic! Instante capturado. Atrapado. Enjaulado como un animal inquietante de esos que se mostraban en los circos antiguos… Siempre me siento impaciente por que levanten la cortina y me muestren lo cazado.


A día de hoy conozco a varias personas que se prodigan en el uso, que no abuso por suerte, del Instagram. 
No es lo mismo. La atmósfera que se crea cuando entran en acción no tiene nada que ver… nada corre por ningún lado. 
Tranquilos, discretos y silenciosos, realmente como quien no quiere la cosa, sacan el teléfono del bolsillo, no miran a los lados, nada que pueda llamar la atención… y dos movimientos táctiles por aquí, tres por allá, qué filtro queda mejor y voilá! lo sueltan al aire digital.
Ya no cazan pokemons, ahora es más como si cazaran mariposas y las volvieran a soltar en un invernadero infinito.
A pesar de esto, sí que pescan momentos al vuelo y reflejan situaciones y gentes cotidianas desde un prisma propio, y enseñan lo que has visto mil veces sin darle importancia alguna, de un modo nuevo y muchas veces sorprendente.

Muchos de ellos parecen coincidir en algunas temáticas como es la comida (tema que mi falta de sensibilidad no me permite llegar apreciar realmente) y los pies (los que me conocéis mejor sabéis bien de mi relación con este tema).

Pero a su vez, y quiero concretar que este es mi caso, empiezo a detectar un par de perfiles y comportamientos reiterantes en el uso de esta aplicación fotográfica móvil:

Uno de los perfiles es el ‘instagrammer de campo’. El instagrammer de campo reporta bodegones de fruta fresca, viñas, puestas de sol en el huerto, niños felices y campantes, bricolaje, vida tranquila, alguna barbacoa y algún que otro autorretrato…
Si tuviese otro tipo de cámara haría las mismas fotos y compartiría con nosotros los mismos momentos.

El otro perfil, como se ve a venir, es el ‘instragrammer de ciudad’.
Ay el instagrammer de ciudad… el menos consciente de todos, el más sincero en su compartir, el más inmediato, el más niño y, aunque a veces roce la modernez, es también el más entrañable si le miras con buenos ojos… que es mi caso.
El instagrammer de ciudad ha ido un paso más allá.
No sólo retrata pequeñas atmósferas de su día a día, sus pies tomando el sol, sus amigos en actitud distendida, tapas y gintonics, fachadas, contenedores y arquitecturas varias, imágenes de su ordenador y a algún que otro autorretrato…
No, el instagrammer de ciudad no se limita a eso… el instagrammer de ciudad se retrata a sí mismo en el ascensor.
Yo no lo considero exactamente un autorretrato… es algo más, es como un robado pero a uno mismo… un me he pillado desprevenido....

Existen pequeños atrevimientos, acciones puntuales, en otros espejos públicos, como los de los probadores, que no acaban de cuajar … y es que el ascensor da ese pequeño momento de intimidad fugaz, ese respiro, ese pequeño espacio de soledad y silencio, ese ratito de duración preconcebida en el que no da reparo recolocarse la ropa interior, meterle mano al acompañante se vuelve emocionante por el ‘y si nos pillan’ y es el entorno espacio-tiempo ideal para tener unos de esos flashes de vanidad hermosa, juguetona y generosa que te llevan a fotografiarte a ti mismo ante el espejo para compartirlo acto seguido en la web…

Estos segundos  sinceros que mis fotógrafos de teléfono tienen con ellos mismos, estos momentos que a mí, que normalmente tiro más a voyeur, me encanta ver, pequeños instantes de exhibicionismo foráneo con los que me relamo como un gato con el café con leche… para mí, que mi propia exposición me pone nerviosa, que tiendo a la reserva y a cierta vergüenza en público, esas fotos son casi como una aventura, siento los nervios que sentiría si intentara hacerlo, me da un poco de vergüencilla y me sonrojo mientras me digo a mí misma ‘esto es absurdo’ imaginando que pulso el disparador, y tengo las dudas que tendría sobre si publicarla… Esas fotos me hacen vivir la pequeña emoción de estar haciendo travesuras…
Corre, ahora que no nos ve nadie… 

sábado, 28 de julio de 2012

Tal vez volviendo


Un tiempo después de empezar con este blog (febrero 2011) encontré un escrito mío de cuando iba a la facultad (debía ser sobre el 2001).
Recuerdo el día que lo escribí, recuerdo estar en una de esas aulas grandiosas de mesas continuas con banquetas plegables.
Recuerdo perfectamente la situación concreta que me llevó a esa reflexión y a querer plasmarlo para no olvidar y recuerdo muy claramente cómo me sentía.
Recuerdo ahora cómo era mi vida entonces y también lo recordé cuando leí lo escrito diez años después de haberlo escrito.

Entre esos dos momentos todo había cambiado pero realmente todo seguía igual. Yo seguía siendo igual. Mucho había llovido y mucho había pasado y aprendido yo en esos 10 años de separación entre un momento literario y otro, pero sorprendentemente para mí (siempre convencida de mis transformaciones) me encontré leyendo algo antiguo y pensando ‘esto lo podría haber escrito ayer’.


Hoy me planteo retomar el blog. He releído todas las entradas antiguas y he vuelto a publicar las entradas que más me gustan, ya sea por cómo están escritas o por cómo describen situaciones, momentos y sentimientos. Pero ya no me reconozco en esas palabras.
Ya no soy ella.
Para lo bueno y para lo malo. 

domingo, 25 de septiembre de 2011

Igual de Tonta aunque puede que un poco más sabia

Comprobando una vez más que mi instinto no se equivoca. 
Aunque me duela en el alma lo que me dice, aunque no quiera reconocer la evidencia, aunque yo prefiera mirar para otro lado y pretenda no ver. 

Tranquilo, permanece ahí, repitiéndome una y otra vez, suave y bajito, lo que no quiero oir, diciéndome lo que debería hacer y no hago. Esperando su momento, ese instante en el recibo lo que no quiero recibir y escucho lo que no quiero escuchar y debo reconocerme a mí misma que ya lo sabía. 
No hay rencor ni un 'ya te lo dije', sólo la calma que aporta la falta de sorpresa. La seguridad de la certeza predicha.

También sigo aprendiendo que soy yo quien elige qué conforma mi realidad. Es mi vida y aquí decido yo. 

Ante un hecho que sin duda me ha resultado doloroso (más por no seguir mi intuición y largarme pies en polvorosa cuando empezaron a sonar las alarmas en mi cabeza y en mis tripas, que por otra cosa) podría abandonarme a lo aparentemente fácil, sentirme engañada y traicionada, sucumbir al reproche victimista, eludir mi responsabilidad en los hechos acaecidos, caer en la desconfianza hacia los demás y construir barreras que me separen de mi sensibilidad para que todo duela menos y que me aislen de todo aquello que potencialemente me pueda hacer daño... 
Podría abandonarme a lo aparentemente fácil y no aprender nada.

Y, aunque sí debo decir que mi corazoncillo anda un poco más precavido últimamente y mi inocencia es un poco menos inocente y menos espontánea, no cambiaré quien quiero ser. 
Seguiré eligiendo. 
Eligiendo quedarme con lo bueno, quedarme con la posibilidad aprendida, con la esperanza de lo bien vivido. Conociéndome un poco mejor y sabiendo mucho más qué es lo que quiero y cómo quiero vivir, y viendo la posibilidad de volverlo a tener algún día, esta vez de verdad y sólo para y por mí. 

No será lo mismo ni será igual, pero será lo que quiero y será mío. Y será real.



domingo, 11 de septiembre de 2011

En Perú, hace algo más de un mes


Estando en Perú me planteo las innecesidades con las que vivo. La superficialidad de muchas de las cosas que tengo y que hago. Me planteo mi propia vanidad y mi presumidez, consciente de que en casa pasan bastante desapercibidas, pero aquí, sacadas de contexto, se vuelven perceptibles y me parecen grandes, vacías y sin sentido.

Empiezo a darme cuenta del peso que tiene la gente en mi viaje y llego a la conclusión de que mi viaje, al igual que mi vida, no trata de sitios, lugares y cosas, trata de personas. De las personas con las que comparto mis experiencias, las personas que forman parte intrínseca de las mismas y las personas que rodean, como actores secundarios, esos hechos. 

Esta conciencia va a marcar bastante mi viaje.









Débil

El otro día, mientras bajaba por la carretera de la muerte, pensé en ti. No sé muy bien por qué, pero ahí estaba yo contándote mentalmente, mientras sorteaba, aburrida ya, baches infinitos, piedras constantes y grava y arena resbaladiza con una bici chusca, que empiezo a estar cansada de tener la sensación de no estar a la altura de las circunstancias... 

Parece ser que últimamente me meto en fregaos para los que no estoy del todo preparada.  Y de todo aprendo pero cada vez me duele y cada vez me pregunto qué demonios hago yo ahí... algunas veces tengo claro el objetivo, pero otras veces no. Lo de tener un objetivo ayuda a mantener la dirección y la inercia, como un vector, pero yo soy mujer de camino y sufrirlo es algo que empieza a no compensarme.

Estoy cansada de ser siempre la última, la más lenta, la que menos puede. Y llegar llego igual que los demás, pero siempre más tarde. Siempre la última. A mí siempre me cuesta más. A veces también es que me esfuerzo menos de lo que podría, pero realmente tengo la sensación de que, aunque me esforzase al máximo, seguiría sin estar a la altura. Supongo que consciente de ello, elijo bajar el ritmo y disfrutar un poco más del camino.

Ser la última no es fácil. Creo que no sólo supone el esfuerzo físico de hacer algo para lo que no estás preparado, sino que supone el esfuerzo mental y emocional considerable de sentir que no llegas donde los demás sí llegan, de enfrentarte a la derrota, una derrota expectante de tu fracaso, que se mantiene en el tiempo, de saber que no eres lo suficientemente bueno y aún así, seguir ahí, dándolo todo, de tener absolutamente presentes tus limitaciones y decirte  'va pequeña, un paso más' y darlo, más allá de lo que creías posible. Luego aprendes que tus limitaciones reales están más allá de lo que crees, pero aún así la lucha es constante. Por suerte estos duros pasos parecen acumularse a tu 'carnet de limitación' y cuentan para la siguiente vez. 

Aunque no sé si los siguientes 'retos' que voy aceptando son cada vez mayores, pero yo me sigo sintiendo igual de pequeña y débil.

Ser el último no tiene más ventaja que el hecho de ir sola, sin interferencias, a mi aire, y eso a mí me gusta. En realidad, al ir la última e ir sola, me puedo parar cuando quiero y contemplar el paisaje, pero no lo hago. Pienso en que lo podría hacer mientras no lo hago. Sentir que retrasas al grupo no mola. Es como si tuvieses una responsabilidad y una obligación con respecto a ellos. Sentir que te esperan todo el rato presiona y cuando por fin llegas, se ponen en marcha y todos han descansado y tú con menos fuerzas con los demás, habiendo hecho un esfuerzo mayor por no tardar tanto, te encuentras con que no puedes descansar, o no el rato suficiente. O  sea, que encima de cornudo, apaleado.

Ya sé que ante esta situación no tengo muchas alternativas, que es adaptarse o morir. O entreno o evito esas situaciones. O evito hacerlas en grupo y me compro un guía sólo para mí!


Cada vez encuentro más paralelismos entre este viaje y mi vida. Es como si lo que ahora vivo y a lo que me enfrento físicamente ya lo hubiese vivido emocionalmente antes. Es bastante curioso.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La Paz


Hoy es el Día del Peatón y Bolivia se ha levantado con la prohibición de circular. Hoy estamos obligadas a estar paradas, obligadas a tragar con las circunstancias. A esperar pacientes a que esto pase, como si fuese un mal temporal.

La Paz sin coches se siente rara, sola y vacía, como si le faltase algo importante, algo esencial. Está como siempre sólo que extrañamente silenciosa, reconcentrada, como si su ruidosa sangre no pasase por sus venas. Su corazón sólo bombea a medias y le falta la respiración. Se siente algo más desvencijada y gastada. Desganada, hurtada y echando de menos su ritmo ya acostumbrado.

Hay gente paseando, aunque tampoco mucha y los niños juegan en la calle. Se han organizado actividades para que los niños aprendan educación víal. Las paradas varias de snacks y fruta y ropa se han expandido respecto a su abarrotada situación habitual tomando parte del asfalto.

Yo necesito que no sea aquí. Necesito que no sea ahora.


viernes, 1 de julio de 2011

Inconclusa

Será que estoy muy cansada.
Serán las hormonas premenstruales que vuelven frágil mi pulso y débil mi risa.
Será la impaciencia y tal vez un poco el miedo.
Será que ahora mismo me veo sola, triste, oscura y pequeña.
O será la fiebre de la vacuna del tétanus que me han puesto esta mañana y que no me baja.
Pero no quiero terminar las cosas así. No quiero flecos ni inacabados. No quiero tus puñales, ni los míos. No quiero no saber qué decir cuando me pregunten por ti. No quiero que haya tu versión y la mía.

Pienso y siento todo lo que te dije. Me duele que sea así, pero es la verdad.
Mis palabras no nacieron de un arrebato.

Sé que te echo en cara que tus actos no acompañen a tus palabras y que si ahora te escribo, soy la primera en no ser coherente consigo misma.  
Sé que estoy siendo blanda y que no me conviene.
Que me dije que nunca más. Nunca más sumisa. Nunca más detrás. Que perdí el mundo por alguien como tú y me costo la vida. Que cedí una sola vez y lo entregué todo con ello.
Que me he prometido no decirte nada más, que si quieres perder el tiempo conmigo, que sea tu propia decisión.

También creo que tú no harás nada.
Nada por que deje de estar equivocada. Nada para que vea tu visión. Nada que me retorne a la ignorancia y que borre todo esto que creo saber de ti.
Sé que te olvidarás de mí antes de encontrar un momento para darme.
Me pregunto si piensas en mí en algún momento.
Ya sé que tienes cosas más importantes que hacer y mejores personas con las que estar.
De hecho, yo también.

Y siento devolver mi presencia a la tuya, pero no quiero que esto termine así.
Uno de los dos tiene que bajarse de este burro que no nos lleva a ninguna parte.
Hasta puede que vaya yo sola en ese burro.

No quiero ser ese tipo de persona.
Con las cosas a medias. Mal acabadas. Inconclusas y astilladas. Guardando posos inútiles como pelusas gordas que no dejan avanzar.
No puedo, no me sale.
Me cuesta callarme cuando quiero saber y no me dicen.
No comprendo el silencio. No me doy por aludida.
No sé seguir estrategias ni planes, hago oídos sordos a los sabios consejos de quien me quiere y sólo sigo a aquello que siento, ya sabes.


Mi propia incoherencia me sulfura.
Escribirte me hace sentir sumisa y rabiosa.
Sigo pensando que no me has tratado bien.
Y creo que te sentirás victorioso viendo como el orgullo se me atraganta casi hasta la asfixia mientras me lo trago, doliente y prometedor de una digestión difícil.
Pero no quiero que las cosas terminen así.

Quiero sonreír cuando algo me recuerde a ti.


sábado, 11 de junio de 2011

Buenas noches

Buenas noches mi niño lejano.
Un día de estos te llamaré y te contaré que ya no te quiero.
Te contaré que me has gastado. Que no me has querido y me he marchado. 
Que me has perdido el interés.
Que si quieres de mí, tendrás que buscarme. Que mi almita ya no está por ti. Que mis tripas ya no te sienten. Que tu olor ya no me llega. Ni tu voz. Ni tu risa vacía. Que mi profundidad ya no te trasciende. Ya no te concierne.

Así que buenas noches.









miércoles, 18 de mayo de 2011

Cortos de cine


Hoy he ido al cine a ver unos cortos. Dos de ellos para ser más precisos.
He intentado no ir sola, pero no lo he logrado. No tengo demasiado poder convocatoria (si no me ayuda Pol).
Me daba un poco de pereza ir sin nadie con quien comentar la jugada, pero como empiezo a estar cansada de no hacer cosas que quiero hacer sólo porque no encuentro quien me acompañe a ver pelis raras o exposiciones raras, pues he decidido hacerlas sola y comentarlas mentalmente y luego largaros el rollo en el blog :-D
El caso es que he ido por mi cuenta.


He llegado 10 minutos antes de la hora de inicio anunciada y estaba todo el mundo fuera del cine. El público me ha parecido extrañamente variopinto.

Dado el carácter del tema (el tema de los cortos/cine de autor parece ir siempre rodeado de cierto aire de ‘moderno gafapasta de tejanos ajustados y camisa de cuadros sobre camiseta blanca’) esperaba que hubiese una docena de hippsters como mucho, ellos con sus bigotillos sin barba y ellas... también, pero con jersey de abuelita y sin sujetador. 

En lugar de eso me he encontrado con gentes de edades muy variadas. Eran familias enteras. Había padres, abuelos, jóvenes, niños, algún moderno de esos, alguna moderna de esas, no sé, de todo un poco. Y yo.
Y además parecían conocerse todos. El ambiente era más el de las familias cuando se encuentran esperando al autobús que les trae a los niños después de las colonias de verano, con ese reconocerse de otras veces y esa expectación e ilusión por ver a sus hijos, que el ambiente de ir al cine a ver una modernez.

He observado un poco y pensado otro poco y he llegado a la conclusión que serían las familias, amigos y demás allegados de los directores, productores y actores de las pelis en cuestión.

Como en cualquier evento de este tipo, siempre hay alguien que sobresale, o que al menos lo intenta. En este caso era un chico de unos veintitantos, que saludaba con una efusión peculiar a mucha gente, su tono de voz era un poco más alto que el de los demás y he pensado que sería uno de los directores, ebrio de un protagonismo ansiado y nuevo.


La entrada libre en este país siempre es un momento complicado, pudiendo llegar a ser crítico, en el que nos debatimos entre la educación, el que pensarán y el ansia por llegar primeros a coger sitio...
En los otros países no sé como debe ir este tema, pero desde que vi a un grupo de nórdicos haciendo cola para cruzar la Gran Vía ordenadamente al ponerse verde el semáforo, ya me creo cualquier cosa!


Estar en esa sala era como estar presente en una gran reunión familiar de una familia que no es la tuya.

También me ha recordado cuando voy a ver cosas de danza, pero sin tanto esnobismo (que ya es decir), ni tanta pose, con más naturalidad y muuucho mejor rollo. Y mejor proporción entre hombres y mujeres, y ahora que lo pienso, me ha parecido que la media de la altura era más bien baja, especialmente en ellos... igual que en la Feria de Abril... no sé, será que el cine y la farándula es cosa de jóvenes bajitos.  

La sala se ha llenado. Finalmente han apagado la luz y la gente se ha callado.

Los cortos:
Mi pequeño ello:
El título me ha sonado a Coixet.
Sólo empezar la película, me ha venido a la cabeza la Yocasta de Martha Graham y esas películas antiguas, casi mudas, con aire de experimentales para la época (y para ahora aún más), sobre tragedias super trágicas que escribían los griegos antiguos... Pues eso es lo que fue.

Tu mateix:
Es una peli sincera, clara y sencilla, desnuda, sensible, muy real y, sobre todo, muy humana. La he encontrado muy interesante. Me ha gustado estética y emocionalmente. La recomiendo a cualquiera que tenga un poco de sensibilidad e interés por el comportamiento y por las relaciones humanas, en este caso familiares.
Me ha recordado a Blog, pero en profunda. 



Notas:
Creo haber sido la única persona que ha asistido a este pase de los cortos voluntariamente y sin tener vinculación alguna con los mismos.



La Yocasta de la Graham:

Los Hippsters:
http://bit.ly/k7C3OK


Mi pequeño ello: